Ir al contenido principal

La fiesta de los salmones

   . A Gerardo García González

«Salmones del Río Sella
hechos de rosa y de nácar,
acudid con los esguinos
y los reos a la danza
de tarde en los Campos de Oba
en una fiesta asturiana…»

Fue San José de Llovio. Era una fiesta plena de solera y tenía por escenario la maravilla subyugante y dulce de los Campos de Oba, mirándose en el espejo encantado de nuestro río salmonero. Los Campos de Oba son la más codiciada posesión de nuestro patrimonio comarcal. Es una deliciosa sombra verde tendida a secar a orillas del río. El Alisal enfrente y también colgado sobre el Sella, con sus blancos y alegres caseríos, dan simpatía y claridad a los cambios constantes del paisaje. El campo era nuestro y a todo él daban sombra, respeto y señorío, nogales, robles y castaños centenarios: que como nobles que eran ostentaban con orgullo la autenticidad de sus legítimos derechos… Hasta que un día, aparecieron un buen número de árboles, marcados con unos signos cabalísticos puestos por una compañía eléctrica, que al observar la «Operación Campos» fueron apareciendo más «propietarios» y el resumen fue que aquel inolvidable e incomparable bosque que fue testigo de tantas fiestas y de tantas alegrías fue pasto de la tala más voraz y despiadada que recuerdan los anales del caciquismo local y como un mal nunca viene solo, la riada gigante de setiembre de 1938 arrastró medio campo, cosa que nunca hubiera sucedido si los árboles hubieran estado allí para defenderlo.

Vista del Campu de Oba
Hoy quedan, como mudos testigos de pasadas grandezas, una docena de viejos árboles. Hace un mes todavía continuaba la fiesta… Pues estaba en el suelo un árbol recién talado. Hoy hay una hilera plantada de chopos que alcanza toda la longitud de los Campos. Y cambiaban las personas pero no las costumbres y así igualmente se entró a saco en los negrillos que daban esplendor y frescura al paseo de la Grúa desde la Torre a la Fuente del Cay y lo mismo sucedió con los también negrillos que daban su sombra en el recoleto camino de San Pedro. En la actualidad los Campos, a pesar de tantas mutilaciones y desastres siguen gozando de singular simpatía y se ven concurridísimos y admirados por todos el Día de las Piraguas. Ese día el barullo y la aglomeración lo acaparan todo. Para gozar una tarde de esta Fiesta con todo el sabor y tipismo lleno de grandiosidad no se precisa más que elegir un domingo que coincida con buena marea, mandar la Banda de Música e incluirlo en el programa de fiestas. El éxito es seguro.

Día de les Piragües

A San José de Llovio acudían todos con la seguridad de pasar un día completo. Muchísimos iban embarcados, gozando de la frescura del río y los más iban «a peonza». En la Enceña se tomaba el atajo y en un instante se estaba en Llovio. Ese día, los Campos registraban un lleno y todo él aparecía sembrado de manteles, donde familias enteras o grupos de amigos disfrutaban de la buena merienda-cena. Había puestos de bebidas por todas partes, juegos de azar y vendedores de chucherías que hacían la delicia de la gente menuda. La Banda de Música, organillos y gaitas se repartían el Campo y un clamor de novios mirándose a los ojos repetían las mismas eternas y divinas palabras. Los Campos eran un remanso de quietud agradable. Un año subió hasta allí la vaporina «Zaldupe» patroneada por Manuel el de Aquilino «Kanka». Era una embarcación de vapor que desplazaba seis toneladas y que con las carboneras vacías y sin las artes de pesca calaría dos pies, igual que una chalana. Para los buenos gastrónomos esta fiesta era el mayor de los gozos. La casa de Francisco García (Francisco el de Llovio) era famosa en toda la provincia y Francisco gozaba de todas las simpatías. Francisco era «armador», poseía un bote y tenía redes y aparejos. Allí había siempre salmón y truchas y este día se agregaba al menú cordero con arbeyos o con patatines. Las raciones eran exageradas y el precio de cualquiera de los platos incluido el vino o sidra y el pan, oscilaba entre las tres o cuatro pesetas...

Muchos clientes pasaban sus amarguras «estibando» entre pecho y espalda la ración que habían elegido. Un día una pareja de la Benemérita, —nueva en esta plaza—, sometió a un concienzudo cacheo, cuando alegremente merendaban, a Pepín Migayina, Paquín el de Amalina, Cándido el músico, Pepe el sastre, Pelayo Cortina y Pepe Zardón. ¡Todos ellos tenían genio de «llimaz» y eran de cuidado! ¡Comiendo!

Recta de Lloviu

Como no tenemos más que la recta de Llovio por medio, vamos a llegarnos a Santianes el día de San Juan. En día tan señalado, argayaron por allí Eduardo Zardón y Senén Alas. Nada más llegar los divisó el simpático y querido Morán; que quieras o no quieras, los invitó a su casa. Subieron a la sala, en donde también estaba armada una cama y quedaron perplejos al ver a Morán tirarse a pies juntos a «guziar» debajo de ella. Pasado un instante apareció éste apoyado en los codos y en las rodillas, portando en cada mano una fuente de arroz con leche. Más tarde me decían los invitados:

—Morán parecía talmente un patinete.

Y ahora, como no tenemos más que pasar el río vamos a coger la barca para trasladarnos a Cuevas. Me lo contó «Cavite» con su inimitable gracejo.

—Ayer me dijo «Anilu» (hijo de Pedrín el mudu, el enterrador): —¡Oiga, Manuel, conozco yo un pozu anguileru, que llevando buen macizu no hay más que echar y sacar. Hay anguilas hasta de cinco kilos…!

Yo pensé: como éstos son medio comediantes y medio adivinos, a lo mejor es verdad. Cogimos la carretera y llegamos a Santianes sin «resuellu». Llevábamos una hora macizando y calando sin haber sentido picada, cuando se acercó a «Anilu» un paisano preguntando si vendíamos aparejos. Intervine yo, y empecé a hacer propaganda de la mercancía que le ofrecía. Que si los anzuelos eran superiores, que si las tansas eran fuertísimas, y que si las sedeñas eran de cola de los caballos del señor Duque. Hicimos trato y en menos que te lo cuento, le preparé dos aparejos por los que me abonó un maravilloso duro de plata. Yo que no vi el duru, le dije a «Anilu»: «Arría en banda que vamos a Cuevas a comer y ahogar el secañu».

La tabernera estaba asoleyándose en el corredor y cuando nos divisó, ni corta ni perezosa, bajó a cerrar el chigre. Picamos a la puerta fuerte y continuamente y que si quieres. Entonces se me ocurrió como medida de emergencia «bailar» el duru encima de un poyu que había a la entrada. Instante fue éste que sentimos pasos en la escalera y la puerta se abrió de par en par.

—¿Son de la villa?, nos preguntó la tabernera.

—No, señora… llevamos allí solamente unos días…

—¿Conocen a Monterola?

—No. Pero oímos hablar de él, con motivo de una herencia que yos cayó en la Argentina y oímos el siguiente contestau:

—Muchu tien que haber heredau si va a pagar tou lo que debe. Yo non vos digo más que a mí metiómi un «pufu» cuando estaben tendiendo la vía, que non levanté más cabeza…


Obra: Estampas riosellanas - La pequeña historia popular - Ribadesella 2001
Autor: Guillermo González
Fotos: A·V·A·S·A - el tranqueru


Comentarios

Entradas populares de este blog

La Obra Pía de Collera (i)

Juan José Pérez Valle La Plaza Nueva Introducción Documento referente a la obra Pía Las instrucciones benéficas creadas en Asturias a lo largo del Antiguo Régimen, salvo en el caso de determinados hospitales, eran privadas, fundados por personas que se encontraban en una situación económica más desahogada que lo del resto de la población, a /o que se sumaba también las motivaciones piadosas de algunas sacerdotes. Solían estar centradas en el lugar de nacimiento o parroquia del fundador; y muchas veces beneficiaban exclusivamente a sus parientes o allegados. Ribadesella tuvo varias fundaciones pías desde el siglo XV: los hospitales-albergues de Ribadesella y Berbes, el primero de ellos, municipal, las fundaciones de escuela en la villa de Ribadesella, El Carmen y Leces, de las que ya me he ocupado anteriormente en otras publicadones, y las obras pías de S. Esteban, También llamada "del Concejo", y sobre todo la de Collera, obra pía que perduró a lo largo de varios siglos y obj...

Nuestros orígenes

El primer escrito donde se menciona   a nuestro pueblo,  Santianes del Agua,  es en un documento de 1147, en el que un noble llamado Gontrodo, dona las tierras de Sancti Yohannis de Stola, Covas, Santa María de Boqueres, Kamango y todos sus siervos adscritos, al monasterio de San Salvador de Oviedo. Este a su vez las había obtenido como donación del rey Alfondo VII. Anteriormente a esta fecha el diácono Francio habría donado sus posesiones de los pueblo vecinos,  Santiago de Frias y la Villae de Covas al monasterio de San Eulalia y San Vicente de Triongo (In Lucum Triunico) en el año 834. El nombre del pueblo está dedicado a San Juan Bautista (Sancti Yohannis) y en cuanto a “del agua” somos de los numerosos pueblos asturianos  con nombres hidronímicos. En la cuenca del Sella varios, los más cercanos, Triongo (posiblemte 3 fuentes), Fuentes, Toraño (tierras cerca del agua), Fries (aguas frías), Cuevas del Agua, o Llovio, (fluvium, río). Podemos definir a Santiane...

El barrio de La Collada

La Collada, barrio de Santianes del Agua, era el lugar por el cual atravesaba la Calzada Real que comunicaba parte del oriente de Asturias con Covadonga y Castilla. De antiguo, diligencias circulaban por el lugar, haciendo parada en la Casa de Postas que estaba ubicada en el cercano barrio de La Bobaral. La quintana de La Collada Comenzamos nuestra historia por los propietarios del lugar, la familia Rubín, allá por los años de 1830. D. Bernardo González de Soto, oriundo de San Fernando el Real de Ferrol y Dña. Mª Josefa Rodriguez de Rubín, nacida en Camuño, Salas, compraron seguramente La Collada cuando D. Bernardo, capitán de la marina Real, era destinado al servicio de Aduanas de Ribadesella y Llanes. Esta familia no era dueña solamente de La Collada, sino que también poseía fincas desde El Plaganal hasta Peme. Casa principal La familia González Rubín, constituyen la Quintana de La Collada, formada por una casa principal, unas caballerizas, un lagar industrial, unas cuadras, una er...