hechos de rosa y de nácar,
acudid con los esguinos
y los reos a la danza
de tarde en los Campos de Oba
en una fiesta asturiana…»
Fue San José de Llovio. Era una fiesta plena de solera y tenía por escenario la maravilla subyugante y dulce de los Campos de Oba, mirándose en el espejo encantado de nuestro río salmonero. Los Campos de Oba son la más codiciada posesión de nuestro patrimonio comarcal. Es una deliciosa sombra verde tendida a secar a orillas del río. El Alisal enfrente y también colgado sobre el Sella, con sus blancos y alegres caseríos, dan simpatía y claridad a los cambios constantes del paisaje. El campo era nuestro y a todo él daban sombra, respeto y señorío, nogales, robles y castaños centenarios: que como nobles que eran ostentaban con orgullo la autenticidad de sus legítimos derechos… Hasta que un día, aparecieron un buen número de árboles, marcados con unos signos cabalísticos puestos por una compañía eléctrica, que al observar la «Operación Campos» fueron apareciendo más «propietarios» y el resumen fue que aquel inolvidable e incomparable bosque que fue testigo de tantas fiestas y de tantas alegrías fue pasto de la tala más voraz y despiadada que recuerdan los anales del caciquismo local y como un mal nunca viene solo, la riada gigante de setiembre de 1938 arrastró medio campo, cosa que nunca hubiera sucedido si los árboles hubieran estado allí para defenderlo.
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| Vista del Campu de Oba |
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| Día de les Piragües |
A San José de Llovio acudían todos con la seguridad de pasar un día completo. Muchísimos iban embarcados, gozando de la frescura del río y los más iban «a peonza». En la Enceña se tomaba el atajo y en un instante se estaba en Llovio. Ese día, los Campos registraban un lleno y todo él aparecía sembrado de manteles, donde familias enteras o grupos de amigos disfrutaban de la buena merienda-cena. Había puestos de bebidas por todas partes, juegos de azar y vendedores de chucherías que hacían la delicia de la gente menuda. La Banda de Música, organillos y gaitas se repartían el Campo y un clamor de novios mirándose a los ojos repetían las mismas eternas y divinas palabras. Los Campos eran un remanso de quietud agradable. Un año subió hasta allí la vaporina «Zaldupe» patroneada por Manuel el de Aquilino «Kanka». Era una embarcación de vapor que desplazaba seis toneladas y que con las carboneras vacías y sin las artes de pesca calaría dos pies, igual que una chalana. Para los buenos gastrónomos esta fiesta era el mayor de los gozos. La casa de Francisco García (Francisco el de Llovio) era famosa en toda la provincia y Francisco gozaba de todas las simpatías. Francisco era «armador», poseía un bote y tenía redes y aparejos. Allí había siempre salmón y truchas y este día se agregaba al menú cordero con arbeyos o con patatines. Las raciones eran exageradas y el precio de cualquiera de los platos incluido el vino o sidra y el pan, oscilaba entre las tres o cuatro pesetas...
Muchos clientes pasaban sus amarguras «estibando» entre pecho y espalda la ración que habían elegido. Un día una pareja de la Benemérita, —nueva en esta plaza—, sometió a un concienzudo cacheo, cuando alegremente merendaban, a Pepín Migayina, Paquín el de Amalina, Cándido el músico, Pepe el sastre, Pelayo Cortina y Pepe Zardón. ¡Todos ellos tenían genio de «llimaz» y eran de cuidado! ¡Comiendo!
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| Recta de Lloviu |
Como no tenemos más que la recta de Llovio por medio, vamos a llegarnos a Santianes el día de San Juan. En día tan señalado, argayaron por allí Eduardo Zardón y Senén Alas. Nada más llegar los divisó el simpático y querido Morán; que quieras o no quieras, los invitó a su casa. Subieron a la sala, en donde también estaba armada una cama y quedaron perplejos al ver a Morán tirarse a pies juntos a «guziar» debajo de ella. Pasado un instante apareció éste apoyado en los codos y en las rodillas, portando en cada mano una fuente de arroz con leche. Más tarde me decían los invitados:
—Morán parecía talmente un patinete.
Y ahora, como no tenemos más que pasar el río vamos a coger la barca para trasladarnos a Cuevas. Me lo contó «Cavite» con su inimitable gracejo.
—Ayer me dijo «Anilu» (hijo de Pedrín el mudu, el enterrador): —¡Oiga, Manuel, conozco yo un pozu anguileru, que llevando buen macizu no hay más que echar y sacar. Hay anguilas hasta de cinco kilos…!
Yo pensé: como éstos son medio comediantes y medio adivinos, a lo mejor es verdad. Cogimos la carretera y llegamos a Santianes sin «resuellu». Llevábamos una hora macizando y calando sin haber sentido picada, cuando se acercó a «Anilu» un paisano preguntando si vendíamos aparejos. Intervine yo, y empecé a hacer propaganda de la mercancía que le ofrecía. Que si los anzuelos eran superiores, que si las tansas eran fuertísimas, y que si las sedeñas eran de cola de los caballos del señor Duque. Hicimos trato y en menos que te lo cuento, le preparé dos aparejos por los que me abonó un maravilloso duro de plata. Yo que no vi el duru, le dije a «Anilu»: «Arría en banda que vamos a Cuevas a comer y ahogar el secañu».
La tabernera estaba asoleyándose en el corredor y cuando nos divisó, ni corta ni perezosa, bajó a cerrar el chigre. Picamos a la puerta fuerte y continuamente y que si quieres. Entonces se me ocurrió como medida de emergencia «bailar» el duru encima de un poyu que había a la entrada. Instante fue éste que sentimos pasos en la escalera y la puerta se abrió de par en par.
—¿Son de la villa?, nos preguntó la tabernera.
—No, señora… llevamos allí solamente unos días…
—¿Conocen a Monterola?
—No. Pero oímos hablar de él, con motivo de una herencia que yos cayó en la Argentina y oímos el siguiente contestau:
—Muchu tien que haber heredau si va a pagar tou lo que debe. Yo non vos digo más que a mí metiómi un «pufu» cuando estaben tendiendo la vía, que non levanté más cabeza…



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